Sacos de Sombras

Nunca amé mi primer trabajo.

- Es el bautizo cuando alguien se nos une, todos pasaron por él, incluso yo, que ahora soy jefe.

Ni siquiera sentía hacia esa labor la mas mínima consideración o admiración.

Empecé como "desarchivador". Mi labor era bajar al ófrico subterráneo de las oficinas, y rebuscar en sus amplios anaqueles los archivadores que contenían casos demasiado viejos para seguir ocupando espacio. Pero antes de eliminarlos definitivamente, tenía que escanearlos con un aparato casi descompuesto y guardar todo en una serie de discos compactos. Luego trituraba las hojas de los informes antes de desecharlas en unos sacos de arpillera, que también tenía que coser cuidadosamente antes de eliminar.

Era obvio que esos discos se cubrirían de hongos antes de que alguien se acordara de los documentos que contenían.


Los primeros días me limitaba a escanear las hojas y procuraba no detenerme en su contenido. Quería que el tiempo pasara rápidamente para de que mi "tiempo de prueba" en este agujero terminara pronto.

Pero los días pasaban y no había señales de que mi tiempo allí abajo fuera a terminar pronto.

Al ingresar, escuché que alguno de los superiores hacía un comentario sarcástico acerca de mi estadía en el sótano de las oficinas.

- Parece que todavía no entiende porqué está allí abajo.

Días después, por curiosidad, revisé uno de los archivos que por tanto tiempo había procurado no leer.

Era el informe de una investigación. Aparentemente, una señora viuda había sido encerrada en un asilo de ancianos en contra de su voluntad. Había muerto en circunstancias extrañas dentro del mismo, y la gran ganadora de todo esto era su sobrina, hija de su hermano, que se quedó con todo: dos casas en la ciudad, otra más en el valle y un fundo en la selva.

La única sospechosa era ella, y nunca pudo comprobar su coartada a los investigadores. El informe incluía las declaraciones de la señora (en ese entonces de 37 años) e incluso una evaluación psicológica de la misma, que la describía como "calculadora, sin remordimientos, con alta capacidad para engañar". A todas luces, ella podría haber estado detrás de la muerte de su tía, pero nada le sucedió.

Mi curiosidad despertó, y empecé a ojear otros informes.

Un par de hermanos "desaparecidos" y encontrados luego en un campamento minero, según la investigación, su propio padre los había enviado allí. Una joven universitaria que seducía y luego chantajeaba a sus propios docentes. Un jovencito que ya había cometido varios hurtos haciéndose pasar por un lisiado, pero que nunca fue castigado, ni siquiera detenido por más de un par de horas. Un hombre bien acomodado que había violado a prácticamente todas sus ayudantes domésticas a lo largo de los últimos 15 años de su vida, sin embargo su mujer lo defendía, a pesar de tener evidentes señales de maltrato físico. Una pareja de extranjeros que, bajo la fachada de una casa de acogida, había violado en repetidas ocasiones a más de una veintena de niños, todos de bajos recursos.

Y decenas, cientos de casos así.

Observé con asco los sacos que ya había acumulado en un rincón del sótano. Dentro de ese tejido de arpillera se arremolinaba lo más oscuro de nuestra ciudad y algunas localidades cercanas. Lo más terrible y asqueroso, y lo más impune también. Si algún caso terminaba aquí abajo, era porque los "sospechosos" eran encontrados "inocentes" por el sistema de justicia. Y seguían tranquilamente con sus vidas, destruyendo la de otros.

Esa labor dejó de ser tediosa para hacerse extrañamente obsesiva. A veces dejaba de escanear las hojas sólo para quedarme leyendo los informes. Y empecé a quedarme más tiempo del programado allí abajo.

¿Dónde terminaban estos sacos llenos de lo más sombrío de nuestra sociedad?

No habían pasado una semana cuando el superior me mandó llamar a su oficina. Y, sin más, me dio
mi primer caso. Y me dijo que no sería necesario que volviera a bajar al sótano.

Los meses pasaron y procuré olvidarme de ese lugar. Me concentré en lo aburrido y tedioso de la labor de escanear, triturar y embolsar. Pero la curiosidad me seguía llamando, mis manos deseaban sostener de nuevo esos viejos ficheros y hurgar de nuevo en sus sórdidas historias.

Meses después, ya con algunos casos resueltos en mi haber, vi al "nuevo chico" descender al sótano. En ese momento no le presté atención, seguramente por lo que estaba investigando. Pero al caer la noche, coincidimos a la salida.

Su rostro estaba lleno de ira y tristeza contenidas. Supuse que había revisado los ficheros antes de encargarse de ellos. Arrastraba una bolsa de arpillera.

No me devolvió el saludo, simplemente caminó hacia la salida y desapareció en la oscuridad de la noche.

Al día siguiente lo detuvieron. Había ingresado en el Palacio de Justicia (pobremente vigilado, como siempre) y profiriendo gritos empezó a arrojar un montón de hilachas de papel a todo abogado con el que se cruzaba. Al menos así lo informaron los noticieros de la mañana.

Y ese mismo día renuncié.

No porque me pagaran mal o porque el local me pareciera feo (era horrible, pero no viene al caso). Sino porque mi labor y la de todos dentro de esas paredes era descubrir lo más terrible de la sociedad para que otros volviera a enterrar lo descubierto. Para que al final todas las horas de trabajo físico e intelectual terminaran como hilachas de papel en un saco de arpillera. Eran horas desperdiciadas.

Les sorprendió mi renuncia, mucho más de lo que les sorprendió la reacción del "nuevo chico". Creo que a los dos nos hastió la inutilidad del sistema.

Él eligió protestar, de forma enérgica, poco respetuosa y descontrolada. Yo elegí hacerme de la vista gorda, poner un negocio de investigación privada y preocuparme sólo por lo que llegara a mi escritorio. Y claro, cobrar mucho por cada caso.

Hasta que ese anciano llegó y prácticamente me ordenó que investigara algo para él.

Algo hizo que lo obedeciera, y prácticamente no me dí cuenta hasta que puso una moneda muy vieja sobre mi escritorio y musitó unas palabras que no llegué a escuchar bien.

- No tengo mucho dinero, sé que cobras mucho, pero esta joya te ayudará mucho.
- No es una joya, es una moneda vieja, y no recuerdo qué hice estos últimos días.
- Me ayudaste a descubrir quién se metió en mi casa y se llevó algo. Tuve que convencerte de que lo hicieras, no parecías muy interesado en mi caso. Lo hiciste muy bien, podríamos trabajar juntos.

Tomé la moneda, seguramente con la intención de arrojársela debido a lo extraña que me parecía la situación. Pero apenas la tomé, todo volvió a mi mente velozmente.

Los tres últimos días me la pasé investigando a otro anciano, que se había metido en la casa del primero a hurtadillas y le había sacado algo valioso. Cuando vino y me ofreció el caso, lo tomé por un bromista y le pedí que se retirara. Pero entonces dijo algo en algún idioma extraño. Y entonces su caso me pareció tremendamente importante.

- ¿Me hipnotizaste, o alguna tontería así?
- Por ponerle un nombre, sí. Pero esa moneda te protegerá de otras situaciones así, llévala en tu bolsillo, o en tu billetera, pero siempre cerca.
- ¿Ése es mi pago? El anciano que te robó casi me quema la cara, ¿y me das una moneda vieja?
- Eso, y la oferta de que seas mi investigador privado. Soy coleccionista de arte, ¿sabes?
- Coleccionista de arte y no tienes dinero para pagarme, me huele a estafa.
- No puedo ser perfecto, ¿qué dices? Estuviste genial, sé que puedes ser de mucha ayuda. Y te pagaré conforme me vaya en mis negocios.

Acepté. No sé si por codicia o por curiosidad.

Ya han sido tres años desde aquella ocasión. Y aunque he sido llamado pocas veces, siempre han sido casos interesantes, relacionados con obras de arte antiguas. La mitad de ellos remunerados con otra obra de arte antigua y además supuestamente imbuida de alguna habilidad especial.

Tardé un tiempo, pero ahora creo en esas cosas raras... ¡a dónde lo llevan a uno unos sacos llenos de hilachas de papel!

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